TODOS QUIEREN SER UN PERDEDOR
Un día, después de ingerir cantidades alarmantes de información, te das cuenta de que en el mundo, todos quieren ser perdedores. La gente no lucha por la virtud, por la calidad, por la bondad, por el bien. Luchamos desenfrenadamente por la ventaja personal por encima de lo que sea, estafar se convirtió, no en un vicio sino en un modos vivendi, una razón de existir. Decir la verdad es tan doloroso que mejor la velas tras una buena mentira, como si eso no fuera otra forma de estafa. La gente no se acepta como es, y las cirugías estéticas son parte de la canasta familiar, dejando atrás razgos genéticos conservados fielmente en un genoma por generación tras generación. No existe el individuo. Somos cada día más una masa homogénea.
La gente está renunciando a su personalidad incluso. Ya no quiero ser yo ni encontrarme. Quiero encontrar el yo del que habla Ophra o Coello, quiero ser como Britney o como Osho, quiero superar a Tiger o a la Sharapova. No importa que no tenga su talento, no importa que no tenga sus capacidades. La moneda contemporánea mejor cotizada es la fama. “no importa que hablen bien o mal de ti, mientras hablen”. De modo que lo que envidiamos es su fama, su “poder”. Hace unos años el actor Mickey Rourke protagonizó una película casi autobiográfica titulada en inglés “THE RAM”, la historia de un legendario luchador libre de Estados Unidos, caído en desgracia y renuente a renunciar a la fama. La película termina en una escena fabulosa por la tensión, con un personaje ad portas de la muerte o de la gloria. Que en este mundo viene a ser lo mismo.
Muchos nos emocionamos con la pintoresca serie televisada GLEE, de Fox. Un interesante argumento según el cual se confirmaba lo que todos sabíamos: lo que la gente suele llamar un “perdedor” en realidad puede (ojo, no ES o DEBE, tan solo PUEDE) ser un talento escondido, un virtuoso que por no venir en empaque estéticamente ideal según el patrón contemporáneo, ha sido ignorado. Hasta ahí vamos bien. Mientras acontecía el éxito de la serie y la cantidad de descargas record en iTunes, los muchachos iban creciendo en la historia hasta que tenían que dejar el colegio. Y ahora ¿cómo darle continuidad al proyecto? No es gratuito que la secuela haya dado con llamarse THE GLEE PROJECT.
En esta nueva fase, hicieron un casting bajo el formato de los realitys como THE X FACTOR o AMERICAN IDOL, buscando “perdedores” adolecentes que recogieran las banderas del proyecto y dieran continuidad a la historia. Ya el mundo se había enternecido con Susan Boyle y Paul Pots en sendos programas de talentos, y ahora, como si fuera una selección de freaks para el circo de variedades, los productores buscaron lo “típico” en el mundo “looser”: la obesa, el enano, la latina fea pero picante, el nerd, la niña precoz, y la fea-odiosa-que-después-será-bella a.k.a. Uggly Betty.
¿Qué significa esto? ¿Realmente estamos ante una revaloración del patrón estético, es este programa una oportunidad de reflexionar, o ha incurrido una vez más la industria en la profanación de los interrogantes fundamentales? Porque la pregunta sobre el logro, el sentido de la vida, es una pregunta fundamental. La inquietud y afirmación del amor propio es elemental en el desarrollo y crecimiento del ser humano, lo sabemos sin necesidad de ser Piageet o Faure. Pero hemos llegado al punto de pensar que “todos queremos ser perdedores” en la medida que todos queremos gozar de la fama, o el poder (así sea el efímero que se deriva del dinero disponible), aunque sea a costas de explotar nuestras diferencias, o nuestras rarezas. Y de las rarezas a las bajezas hay sólo letras de diferencia.
En mi país llevamos décadas con una decadente filosofía haciendo carrera: la filosofía de la mafia. Aquí hemos aprendido a pensar que no es malo robar sino dejar la oportunidad de robar que se me presenta para que la aproveche el otro. “Si yo no lo cojo, otro lo cogerá, entonces mejor me lo llevo yo”, dicen muchos, ni siquiera con sorna, para justificar su hampa. Otros dieron con matar al prójimo con la buena voluntad de conseguir para comprarle una casa a la madre, o sacar al tío de la cárcel. Los orígenes de ese desequilibrio son diversos, y se entienden desde la falta de justicia social, de autoridad moral, desde la corrupción rampante y la desigualdad. Sí, todo eso se entiende, pero nada justifica que el individuo se comporte mal. No se justifica que alguien robe porque tiene hambre. La mamá de Pablo Escobar decía que su hijo no era malo, sino que el país lo había vuelto malo. Entonces teníamos que aguantarnos la lepra.
No existen mentiras blancos o verdes o chiquitas o piadosas. Existe la verdad y la mentira. No existe el bueno dañado ni el malo de buen corazón. La gente se mueve en un eje de bondad o maldad, acentuada o matizada por las circunstancias. Pero hay una condición de corazón que nos rige. Lastimosamente, no hemos querido aprender a controlar el corazón para hacernos virtuosos. Más bien, cada vez con más frecuencia se oyen frases como “sigue tus instintos”, “obedece tu corazón”. No queremos domarnos, instruirnos, cultivarnos. Ignoramos, peor aún, que desde hace siglos un sabio proverbio oriental dice: “El corazón es traicionero y desesperado ¿Quién puede dominarlo?”. Y no lo dice para mostrar la desesperanza. En el códice donde está escrito hay cientos de principios que ayudan al que quiera a hacerse virtuoso. Pero es más cómodo querer ser un perdedor. Menos esfuerzo.