La historia de los países suele tejerse en torno de los eventos que cambiaron el curso de sus pueblos. Una invasión, un líder determinante, una revolución. En Colombia, durante el siglo XX, tal vez ningún suceso se recuerde con más interés, pero a la vez con menor eficiencia, que lo que representó la muerte de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948.
Muchos historiadores optan por decir que la incapacidad de dicho suceso para generar un cambio radical en las prácticas políticas y sociales del país bien puede deberse a la combinación entre un “olvido evasivo” y un “olvido voluntario”, como si acaso tuviéramos algo doloroso en la historia de Gaitán que quisiéramos olvidar. Como se hace patente en el texto citado, el magnicidio sirvió y sirve para enarbolar las banderas de muchos proyectos políticos dispares, con lo que más se ha vuelto una moneda comercial, bastante devaluada ya, en vez de un proyecto político consistente.
Así mismo algunos quieren descubrir que esos actos de 1948 “en la actualidad revisten una importancia central, en tanto su realización supera la conmemoración del asesinato, para ‘asignarle una identidad revolucionaria a las víctimas reivindicando sus acciones’ ”[1] Proyecto fallido, mentira de proporciones catedralicias, más en este país donde jamás se ha reivindicado a las víctimas, donde de tantas se pierden los nombres, diluidos en los titulares de prensa y los días del calendario. En este país no honramos la memoria, ni a nuestros muertos. En este país lo que es notable es morirse de viejo siendo decente, porque esa combinación ya es inusual. Mucho más recordar a quienes han representado algo en la sociedad, una sociedad olvidadiza y desarraigada.
A este olvido le ha ayudado la actitud cómplice de todas las instituciones: políticas sociales y hasta religiosas. Nos cuentan en el libro cómo “la jerarquía, que promovía la imagen de una Colombia sincera y profundamente católica, consideraba inadmisible que los excesos cometidos sobre la Iglesia y sus símbolos pudieran haber sido cometidos por cristianos del talante de los colombianos”[2]. Sorprendente el ataque desesperado de moralismo de una institución a la que le escandalizan los actos “apóstatas” contra los bienes de la Iglesia, la misma Iglesia – con mayúsculas, en señal de su megalomanía – que organizó una cruzada de niños guerreros hacia Jerusalén, las misma Iglesia que se inventó la Inquisición, que ocultó as escrituras bíblicas del pueblo detrás del Latín para que no descubrieran sus falacias, la misma Iglesia que hoy come vivos – y no como lo hacían los cananeos en honor a su dios Baal de Peor, sino de maneras trágicamente más torturadoras y degradantes – niños vivos, asustándolos para exigirles votos de silencio.
Ante una institución tan pilatesca – o debiera decir pilatuna, siempre haciendo referencia a Poncio Pilatos y su famoso ademán de lavarse las manos – el asesinato de Gaitán no supuso nada diferente que un elemento menos con el cual negociar sus prebendas.
Sumemos a la ecuación la actitud marrullera de los partidos políticos, que entonces como ahora se quejaban del “el caldeado clima de sectarismo e intolerancia” en el cual pescaban como en río revuelto, pues de las “interpretaciones espontáneas del asesinato de Gaitán [que señalaron] al conservatismo y al gobierno como los verdugos más probables”[3], salieron todos fortalecidos. Los liberales como si los hubieran dejado huérfanos de un hijo bastarde que harto les costó reconocer; los conservadores como los chivos expiatorios que lo único por lo que propendieron fue por sostenerse en el poder a como diera lugar, y la Iglesia que en su magnanimidad fue capaz hasta de rezar para enviar el cuerpo inerte al paraíso del que nunca debió salir a agitar comunistamente las masas colombianas.
Cuando Thomas Williford afirma que “el clientelismo de un partido que había gozado del poder por dieciséis años”[4] se hacía evidente, no pude identificar si se refería a la Iglesia o a algún otro partido, siempre que dicha institución ha funcionado en nuestra nación como un tentáculo más del avaro monstruo del poder.
Señala luego, tal vez arrojando luces sobre mi sospecha (y me escandaliza pensar que lo señala con urgencia, como a quien le preocupa limpiar un legado ajeno) que “Hoy la Iglesia todavía trabaja a favor de los derechos humanos en Colombia, y ha encontrado enemigos entre los grupos paramilitares más que entre los grupos guerrilleros”[5]. A la Iglesia no le preocupa quién la ataque, mientras siga acostándose con el que detenta el poder. No en vano las Santas Escrituras que ellos mismos tanto desconocen se refieren al imperio mundial de la religión falsa (y no solamente a una Iglesia) como “Babilonia la gran ramera”.
Posteriormente una conferencia nos invita a la reflexión crítica, diciendo que “si en Colombia no hay una respuesta popular a algo que dentro del Gaitanismo quizás nos quedó pendiente, este país va a seguir por el mismo camino”[6]. Una frase como para inaugurar un congreso mundial de mamertos. Nada ha quedado resuelto desde el Gaitanismo porque el gaitanismo fue enterrado con el cuerpo de Gaitán hace más de 60 años. Nosotros conservamos una foto política del sueño de un hombre, un sueño que se va desdibujando como el pescadito de plata se va comiendo las fotografías antiguas. Nos queda el tiempo idealizado de un caudillo que nunca existió, el eco de un fantasma.
De tal suerte, por la misma falta de continuidad, pierden vigencia afirmaciones críticas contra el gaitanismo, como esa de que “el gaitanismo vino a ser un proyecto democrático-burgués, en donde la burguesía estaba integrada al bloque oligárquico y, por ende, es la pequeña burguesía, con sus ambivalencias, la que encabeza las tareas. Lo que Gaitán realiza es la introducción de la lucha de clases dentro del partido liberal, sin ser absorbido o cooptado por este”[7]
Cierra esta parte un texto de Sven Schuster, quien se sorprende “Como historiador colombianista y ciudadano alemán” pues le parece “extraño que una época tan oscura y decisiva para el porvenir de Colombia haya dejado tan pocas huellas en la memoria histórica de la nación”[8]. Me sorprende a mí que un autodenominado (para utilizar los términos que nos ha explicada hasta la sociedad el poder político colombiano) historiador colombianista se sorprenda ante esta perogrullada. Colombia es un país sin memoria, y él como especialista debería de saberlo. Colombia es un país que se come a sus hijos, un país donde Darwin se habría vuelto un semidiós de ver cómo todos creemos en el cuento del más fuerte, y donde el que ira hacia atrás pierde, porque todos miramos para delante. Y no como un país progresista, sino como un país desmemoriado. Miramos hacia adelante, como un viejo con Alzheimer, que otea en el horizonte sin saber siquiera para dónde va, y que ignora lo que ha dejado atrás.
Dicen que con el tiempo el Alzhaimer hace perder el control sobre los esfínteres y los intestinos. Por la situación actual, creo que ya pasamos esa etapa.
[1] Rodriguez, Sandra P. el 9 de abril en las políticas, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 154
[2] Escobar, Mauricio. Bogotazo, ateísmo, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 165
[3] Ibíd., pág. 167
[4] Williford, Thomas. Los actos anticlericales, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 194
[5] Ibíd., pág. 197
[6] Perea, Carlos M. El 9 de abril, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 213
[7] Sanchez A., Ricardo. Gaitanismo, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 259
[8] Schuster, Sven. El 9 de Abril como lugar, en Mataron a Gaitán: 60 años. Bogotá: UNC, 2008. Pag. 275
“Este líder popular, que emergió en un contexto histórico de grandes transformaciones económicas y sociales del país, ligadas al proceso de modernización capitalista, se constituyó no sólo en uno de los principales protagonistas de la vida política, sino en el gran transformador de las prácticas políticas en Colombia”