La isla prodigiosa

17 06 2009

La lectura, cuando se adopta como un rito, resulta en una necesidad artística, distinta a las artes necesarias. La lectura abre la mente, y según Bacon, nos hace consistentes. Mi vida no lo era, a las claras. Ahora la duda me asalta.

No aprendí a leer con la legendaria y dudosa cartilla “COQUITO” con la que les enseñaron a muchos en mi generación. Aprendí a leer en casa, siguiendo los dedos y la pedagogía innata en mi madre, que a los dos años y medio me tenía leyendo libros de fábulas e historias bíblicas. Luego mi padre, siempre mi padre, me obsequió el primero de los libros memorables. La isla Prodigiosa, de algún héroe anónimo más, hizo las veces de puerta a un mundo que hoy termina de abrirse por completo, para dar paso a la pasión más grande de mi vida.

En el colegio me enseñaron a querer el idioma, a desnudarlo y buscarlo en los libros. Leí a Horacio Quiroga, a García Marquez por obligación, a Güiraldes, a Borges por devoción, al Quijote, a Homero por respeto, a Kundera, y de vuelta a Borges, Quiroga, La isla prodigiosa. Después leí por el placer de leer, de aprender, de saber, y llegaron Cortazar, Salvador de Madariaga, Salman Rushdie, Mann, Camus, Poniatovska, Grass. Algunos osados llegaron sin anunciarse, otros hube de perseguirlos hasta que me regalaron sus palabras. Y al final compartía mis noches íntimas con sus verbos pasados y sin embargo tan presentes.

A los catorce años brotó el primer poema, con más forma de canción formal poco seria, y después los amores abonaron la producción poética. Algunos escriben ebrios, otros escribimos despechados. Y el despecho no dio más, y comencé a escribir instantáneas casi-Polaroid, tratando, no de interpretar, sino de explicar lo que me entraba a la cabeza. Siempre escribí poesía en prosa, con pausas y treguas, y los intentos de hallar la rima me parecieron siempre morosos. Luego, con el tiempo, llegó una nueva canción que sí vio la luz pública. Para ese entonces escribía para un periódico universitario, luego fundé mi periódico universitario, y en esta etapa me dediqué a cuestionar abiertamente la sociedad que me da todas las herramientas para desollarla. Pero como dice un Nobel, los periódicos estudiantiles son amores de verano: tormentosos y fugaces. Después de dos años y medio lo abandoné a buena suerte para dedicarme a los números, tan exactos e inciertos.

Ahora estoy aquí, redimiendo lo mejor de mi vida de entre las telarañas que tejen el deber y la responsabilidad. Hoy estoy saltando al vacío, procurándome una cumbre personal a la que solo yo puedo llegar, con ninguna ayuda distinta a lo que mis manos puedan abarcar con sus letras. Fotógrafos para ciegos es el oficio que escogimos, para llevar una luz a los que no ven ninguna. Que sea la correcta es tan incierto como el futuro del literato, pero en la variedad está el placer. El sueño persiste, el sueño de que algún día mis hijos, mis otros hijos, descubran la isla prodigiosa en la que me refugié hará ya tanto tiempo, y desde la que hoy se construye un resguardo para los recuerdos, presentes y futuros. Por los pasados ya no me preocupo, el tiempo los adivinó inquietos y desordenados, y sabrá dar cuenta de ellos.


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Un comentario

17 06 2009
Ulises Rodríguez Zamarripa

Interesante relato del cómo surgió y se afianzó en usted el gusto por la lectura. Es sorprendente para uno mismo descubrir toda la leña que echamos a aquellos amores de verano que cada cual tuvo.

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